Pierra Menta

Pierra Menta. Más allá de un dorsal

Texto: Marc Pinsach

Fotografía: Alexis Berg | Strava

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a Pierra Menta humaniza la montaña y naturaliza al hombre. Es la perfecta integración en el paisaje del Beaufortain de los distintos equipos formados por dos corredores que toman la salida. La montaña se humaniza porque los deportistas ven cómo son capaces de desafiar lo que antes de empezar la competición parecía imposible: cuatro días de carrera, diez mil metros de desnivel positivo e incontables trampas escondidas, que hacen de la Pierra la prueba más dura y salvaje del esquí de montaña. Y los corredores y corredoras deben naturalizarse porque siempre están la montaña, la nieve y los bosques para dictar la última palabra. Porque la Pierra Menta, como nos ha demostrado este año con la lesión de Kilian Jornet en la penúltima bajada de la última etapa, no regala nada. No hay un metro de descanso o relajación, y los adjetivos grandilocuentes, tantas veces utilizados en vano, aquí sí cobran todo su sentido.

Como pasa en todas las carreras, existe el riesgo de reducirlo todo a cuatro números y a un dibujo que ilustra el perfil de la etapa. No ver más allá de la distancia recorrida o de los metros de desnivel ascendidos… Pero si los corredores cometen este error, allí está la montaña para naturalizarles y mandarles una señal. Porque desde fuera no se ve todo lo que esconde la competición, probablemente el Tour de Francia del esquí de montaña. Los números de un perfil no dicen nada del dolor de piernas que produce la acumulación de los esfuerzos a lo largo de los días, y lo que cuesta ir descontando los metros y kilómetros en un terreno pastoso que dificulta, por la exigencia técnica y psicológica, cada paso hacia la deseada línea de llegada situada cada día en Le Plany.

 

Pierra Menta

 

 

 

La complejidad de una carrera por etapas hace que a partir del segundo día de Pierra Menta ya no se trate sólo de estar fuerte. Interviene la capacidad de recuperación de cada organismo. Les enfants du pays, Gachet y Bon Mardion, ganaron el primer asalto, pero luego vieron como a partir de la segunda jornada, las piernas ya no iban tan finas, y tuvieron que ir gestionando los esfuerzos para terminar segundos. Y es que una carrera por etapas significa competir durante y después de llegar a meta. A partir del momento en que se termina el esfuerzo físico empieza otra carrera: la de la recuperación. Es muy importante comenzar a beber justo una vez se cruza la meta a pesar de que muchas veces al cuerpo no le entre nada. También comer al poco de haber acabado la actividad. Además deben ser alimentos de alto índice glucémico para que el organismo pueda absorber las calorías con rapidez, pues no hay muchas horas entre los distintos esfuerzos. Asimismo, la comida tiene que ser rica en hidratos, vitaminas y proteínas, pero que no suponga un estrés suplementario al cuerpo para digerirlo. Porque cada una de las células de los corredores ya tiene suficiente trabajo en reconstruir todo lo que la carrera destruye. El primer día todo el mundo goza de fuerzas en las piernas y las diferencias, a pesar de que pueden ser grandes, nunca son como las que se empiezan a hacer a partir de la segunda jornada. La acumulación de esfuerzos, acentuando las pájaras y malos momentos, hace que el tiempo que separa a los corredores en la clasificación crezca de forma exponencial. Por esto, después de tres etapas, la pareja formada por Kilian Jornet y Jakob Herrmann pudieron, por fin, distanciar a sus rivales más cercanos que viajaban hasta el momento muy pegados en la clasificación general. Fue el fondo físico, la capacidad de recuperación y la destreza para gestionar los esfuerzos de larga duración, lo que les permitió coger un cómodo margen respecto a la pareja Boscacci-Antonioli y a Gachet-Bon Mardion, dejando la carrera aparentemente sentenciada.

 

Los tópicos lo son porque contienen grandes verdades, y uno de ellos es que una carrera como la Pierra Menta siempre tiene la última palabra. Nunca hay que relajarse hasta que se cruza la línea de meta. Y así ocurrió en la última etapa. Cuando los miles de aficionados que se reúnen para ver la carrera tenían que haber sido los únicos protagonistas, una fractura de peroné de Kilian Jornet se convirtió en la mayor noticia del día. Los italianos Boscacci y Antonioli cultivaron la buena suerte estando allí para esperar que la carrera les brindara la oportunidad de hacerse con la victoria más importante de su envidiable carrera deportiva. Este giro de guion fue el último detalle de una Pierra abierta, llena de incertidumbre y bonita para el espectador, con alternativas en el comando de la misma. Este final dramático e inesperado, en medio de una intensa nevada, sirvió para acentuar el sentimiento contradictorio que despierta entre todos los corredores la Pierra Menta. Se la quiere y desea durante todo el año, y se la odia una vez se está metido en ella. Y todo esto la hace una carrera mítica y superior a los corredores que la sufren y disfrutan por igual.

 

Además, la Pierra Menta trasciende a lo deportivo y a los grandes campeones porque es la mitificación de la tradición. Míticos son los carteles que anuncian la carrera cada año en la misma curva o en idéntica farola. Míticos -y criminales- son los horarios del pistoletazo de salida, nunca más tarde de las ocho de la mañana. Mítico es el cura del pueblo, siempre escondido en alguna de las subidas tocando la armónica. Mítico es il dottore que desde la Valtellina italiana viene a animar cada año con su disfraz de médico. También son míticos –y un poco viejos- los organizadores con sus generosos mostachos. Mítica –y no siempre del todo saludable- es la comida que sirven año a año a base del queso tradicional de este valle. Míticos –y un tanto cutres- son los lugares donde duermen las más de trecientas parejas que han sido seleccionadas para competir de entre una larga lista de aspirantes. Y mítica también es la abuela que cada viernes de Pierra Menta sale a saludar desde su balcón aún con el camisón de dormir. a los corredores cuando cruzan corriendo el pueblo de Arêches. Aquí es cuando la competición se naturaliza entre montaña y cultura popular del Beaufortain.

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