Marc Toralles. El valor del compañerismo.

Marc Toralles

Marc Toralles. El valor del compañerismo.

 

M  

arc Toralles se inició tarde en el mundo de la escalada y el alpinismo. Cuando su chica le regaló un curso de escalada, su vida cambió por completo. Abandonó su propia empresa para dedicarse plenamente a esta pasión. Su actividad es frenética. Muchos creen que escribirá grandes líneas en la historia de la actividad en montaña. Nosotros también. En esta charla Marc nos deja ver parte de su filosofía.

 

Texto: Kissthemountain.

Kissthemountain: Has estado en Suiza estos días, ¿no?

Marc Toralles: Sí, fuimos a escalar pero se complicó el tema.

K: ¿Ejerciendo de guía de montaña? [Marc se dedica desde hace unos años a esta profesión].

M: No, con un compañero. Íbamos a hacer la cara norte del Cervino por Italia, pero estaba cerrado el teleférico, vientos huracanados… ¡Muy bonito todo! No siempre se triunfa…

K: Fue Jordi Costa de Julbo-Esportiva Aksa, quien nos sugirió la posibilidad de realizar esta charla contigo. Nos habló del reciente intento del inescalado, hasta ahora, espolón sur del Gasherbrum IV de este verano. Ya te comenté el otro día al teléfono que más que ahondar en aspectos técnicos de distintas expediciones, nos interesa conocer a nivel global tu filosofía de escalada y tu forma de entenderla. Sé que eres guía de montaña, y ahora trataremos este tema, pero antes me gustaría que habláramos de tus comienzos. Creo que te iniciaste relativamente tarde, con 25 o 26 años, y que el paso te invitó a darlo tu chica al regalarte un curso de alpinismo. Me gustaría que me contaras a qué te dedicabas antes y por qué das este paso tan importante que supone convertir una pasión en una forma de ganarte la vida.

M: Fue un curso de escalada. Soy electricista e informático. Tenía una empresa relacionada con esto. En vacaciones me dedicaba a viajar en bicicleta con mi pareja, siempre buscando el punto de aventura. Me iba a países lejanos como Mongolia o India… En estos viajes veía a gente escalando y pensaba que eso para mí era demasiado. Nunca me dio por iniciarme. Fue en un cumpleaños cuando mi pareja me regaló ese curso en un rocódromo. Me cambió la vida. Vi que eso era lo que realmente me gustaba, sobre todo por la lucha mental contra uno mismo que supone este deporte. Después de este curso me introduje en el mundo del alpinismo. Conocí a un grupo de gente y empecé a hacer canales fáciles de nieve. No fue hasta al cabo de medio año que empecé más en serio con la escalada. Desde entonces, me dedico a esto.

K: ¿Qué recuerdos tienes de aquel primer día en el rocódromo?

M: Todo era nuevo para mí. Recuerdo que no se me daba bien a nivel técnico. No destacaba sobre nadie sino más bien al contrario. Sí que tenía el punto de ir para adelante hasta caerme. Normalmente cuando te inicias te da miedo, pero a mí me motivaba tanto que incluso me advirtieron de que debía tener más cuidado.

K: ¿Y del primer día en aquellos canales de nieve?

M: En un rocódromo no tienes sensación de aventura. Para mí empezar a hacer canales me exigía más compromiso. Y esto es lo que me atrae de la montaña: ir a un sitio nuevo, conocer gente, compartir experiencias… Mucho más que el acto físico de ir a un rocódromo.

 

Marc Toralles

 

K: ¿En qué momento y cómo das el paso para intentar dedicarte a esto de una manera exclusiva? Imagino que al principio compaginarías tu empresa con salidas el fin de semana. ¿Cómo se renuncia a la seguridad de un trabajo más o menos estable?

M: La escalada cada vez me absorbía más. No me era suficiente con el fin de semana. La empresa no me permitía escalar de lunes a viernes. Creo que fue a los dos años de empezar a escalar cuando me planteé dedicarme profesionalmente a la montaña. Todo para buscar tiempo para hacer actividad. Poco a poco fui introduciéndome más y más. Empecé a estudiar los módulos para ser guía de montaña. Al segundo año cerré la empresa. Era imposible compaginarla con estos estudios. Exigen irte fuera varios días. Entonces comencé a trabajar en una tienda de montaña como empleado, Camp Base, para seguir formándome. Fui compaginando las dos cosas. La formación para guía la empecé con 28 o 29 años.

K: Desde entonces tu actividad ha sido muy prolífica. Sin ir más lejos en verano intentaste el espolón sur del Gasherbrum IV y hace unos días el corredor de los japoneses en las Grandes Jorasses. Imagino que en esta disciplina todo es un continuo aprendizaje. ¿Qué has aprendido en estas dos últimas actividades?

M: Yo no me considero bueno en nada, pero lo que me hace ir para adelante y estar a todo es la motivación. Sin ella, no habría logrado tanto en tan poco tiempo. Lo bueno es que sigo motivado. A otra gente, con los años, le da pereza pasar frío, miedo o estar tanto tiempo fuera de casa. A mí esto no me pasa. Nunca había estado a una cota tan alta como en el Gasherbrum IV. Vi que hay que ir con mucho tiempo y que los compañeros son lo más importante. Son muchos días de hambre, frío y cansancio. Se acentúa todo, lo bueno y lo malo.

Lo del corredor de los japoneses fue un poco curioso. Íbamos a hacer otra vía, pero nos dimos cuenta en mitad de la pared de que no iba a estar en condiciones. En lugar de abandonar, decidimos salir por arriba. No era nuestra intención hacer esa actividad. Yo la desconocía totalmente. La vía que queríamos hacer exigía más días en la pared y estaba prevista la entrada de mal tiempo al día siguiente. No teníamos opción de hacer vivac sin problemas. Las opciones eran o rapelar para abajo e ir a casa, o intentar subir. El problema fue que no encontrábamos sitio cómodo para dormir, y buscándolo llegamos a la cima. Físicamente fue muy duro.

 

K: Ibas con Bru Busom y con Roger Cararach. ¿Qué tal fue la experiencia con ellos? Imagino que se viven momentos de tensión al saber que lo planeado no iba a ser posible. ¿Lo gestionáis bien entre todos? Te une algo muy especial con ellos además de con Oriol Baró e Iker Madoz. Parece que estáis formando una cordada muy estable, ¿no?

M: Cada vez valoro más a los compañeros. En las Grandes Jorasses con Bru y Roger todo es fácil. Cuando uno está cansado, tira el otro aunque no le haya tocado ese largo. O si alguien piensa que determinada sección se le puede dar mejor, él pasa delante. No sé cómo explicártelo. Se aprecia en los momentos complicados. Con otras personas compartes actividades de un día sin tanto compromiso y bien, pero donde realmente se ve a un buen compañero es en los momentos difíciles.

K: Porque hay momentos de miedo y tensión…

M: Sí, normalmente se reparten los largos a suerte. Cuando te toca, te toca. Lo vas a hacer igual. Pero si en determinado largo sabes que vas a ir más rápido y vas a ser más eficiente, no nos da pereza tirar en lugar del otro aunque pueda haber miedo.

La cima no es el objetivo. Lo es toda la aventura y compartir con esas personas la actividad. El compañerismo es mucho más importante que la medalla del ochomilismo. Creo que es mentira que arriba uno debe centrarse únicamente en sí mismo. A partir de 8.000 metros, si fuera su hijo o su madre quienes están mal, ¿no le ayudarían?”.

K: Imagino que encontrarás mucho apoyo en ellos. Pienso en momentos en los que se mete mal tiempo y la actividad se vuelve peligrosa. Hablo de miedo y bloqueos. Simplemente una mirada que te da el apoyo necesario…

M: Sí, miedo. Hay gente que me dice que los que no sufrimos miedo lo tenemos más fácil. Yo y toda la gente que he conocido lo pasamos. Lo que ocurre es que hay que saber controlarlo. Si te entra el pánico, entonces hay un verdadero problema, pero el miedo puedes jugarlo a tu favor. La tensión es buena. A veces estás en la reunión y estás viendo subir a un compañero pasándolo mal. Si tienes buen feeling, aunque estés muerto de frío, basta con “venga para arriba, que ya está”.

K: Eneko Pou nos decía que los momentos de bloqueo son algo que no puedes permitirte, que pueden ser fatales.

M: Hay que tener mucha sangre fría. Dependiendo de la situación puedes tener un problema. Por eso hay gente que hace vías más expuestas y otra que menos. Cada uno tiene que saber dónde están sus límites.

 

K: Te voy a hacer una pregunta complicada. EL otro día hablaba con Tamara [Lunger] del momento en el que a escasos 100 metros de la cima del Nanga Parbat tuvo que darse la vuelta. Le decía que para tomar esa decisión hay que estar realmente mal, y que esta situación suponía quedarse sola estando físicamente vacía. Me decía que ya se sentía sola cuando salieron del campo IV camino de la cima, a pesar de estar juntos. El momento era de una soledad brutal donde parece que sólo impera la ley de la gran altitud. Cada uno consigo mismo para buscar el objetivo sin prácticamente importar el medio para ello. Ella intentaba justificar esto. Ya sabes que está muy unida a Simone Moro. Le pregunté entonces qué hubiese hecho ella si es Simone quien está mal y le dice que no puede continuar. Si lo habría dejado  solo. Se lo pensó mucho para concluir que es muy distinta la mente del hombre y de la mujer. La mujer es más emocional y el hombre más centrado en el objetivo. No sé si te has visto en alguna situación como ésta. ¿Cómo habrías reaccionado tú si es Roger u Oriol, por ejemplo, quien se tiene que dar la vuelta?

M: Yo les acompañaría, me bajaría sin dudarlo. No busco una medalla en mi vida. La cima no es el objetivo. Lo es toda la aventura y compartir con esas personas la actividad. En mi caso, hacer una cima solo no tiene ningún valor. El compañerismo es mucho más importante que la medalla del ochomilismo. Creo que es mentira que arriba uno debe centrarse únicamente en sí mismo. A partir de 8.000 metros, si fuera su hijo o su madre quienes están mal, ¿no le ayudarían?

K: Se habla de esa ley no escrita…

M: Entonces es que no valoras lo suficiente a tu compañero, ¿no? Si a tu madre o a tu hijo les ayudarías… No sé, tampoco me he encontrado en una situación tan límite, pero creo que reaccionaría de la forma que te he contado. No comparto lo otro. Ahora, en el Gasherbrum IV, cuando estábamos bajando un día de aclimatación, hubo un accidente con unos italianos que estaban descendiendo con un compañero que había muerto. Estábamos bajando cansados después de un porteo cuando vimos todo el problema. Si hubiera sido necesario habría subido a ayudar aunque me hubiese llevado más de una hora. Al final se solucionó. A veces quieres ayudar, pero es complicado. Yo no comparto el hecho de que cada uno tiene que buscarse la vida para sobrevivir sin esperar ayuda de tus compañeros.

K: Si tienes fuerzas para seguir subiendo, también las tienes para darte la vuelta… De todas formas, imagino que ahí entrará mucho el componente económico y de sponsors.

M: Claro, al final es un negocio para ellos. Su trabajo es hacer la cumbre o intentarlo. Yo no vivo de esto. Yo voy allí e intento tener una buena experiencia con los compañeros. He visto cosas que no me han gustado. Nunca había estado en un campo base de un ochomil. Hay mucho egoísmo e individualismo. Mucho ego.

K: Cambio de tema. Quiero volver a tu oficio de guía de montaña. ¿Qué ha supuesto para ti esta profesión? ¿En qué situación está este trabajo? ¿Se puede vivir de esto? Imagino que no debe de ser lo mismo ser guía de montaña en Chamonix que aquí.

Hay otro tipo de clientes que en su entorno, no tiene compañero para ascender la montaña que desean y tienen que contratarte. Cuando llegan arriba se ponen a llorar. Para mí eso es muy grande. Ayudar a esas personas... Quizás es la actividad de su vida, su sueño, y yo les ayudo a cumplirlo. Me gusta este trabajo”.

M: En invierno suelo estar por aquí en casa [entorno de Barcelona) dedicándome a la formación. Aquí la remuneración no es la misma que puedes obtener en el valle de Arán o en Chamonix, en general. En verano sí que me centro en Alpes y es donde hago la campaña fuerte. El resto del año estoy por casa dedicándome a la formación. Está un poco mal visto dar cursillos de este tipo, pero a mí me gusta enseñar a la gente a iniciarse con seguridad en el monte. Cuando vas cogiendo un poco de estatus, los guías sólo quieren guiar en sitios bonitos. Yo me siento realizado enseñando a la gente.

K: Los trabajos que te salen en Alpes los obtienes directamente desde aquí, ¿no?

M: Sí, antes trabajaba con agencias, pero ahora me funciona el boca a boca de la gente que me recomienda.

K: Debe de ser muy satisfactorio el oficio de guía.

M: Para mí hay dos tipos de clientes a grandes líneas. El cliente al que subes a la cima y el cliente al que acompañas. Hay gente, como hablábamos antes en el caso de los ochomiles, que quiere hacer esa cima. Les da igual cómo. Sólo quieren subir. Es respetable su decisión. Luego hay otro tipo de clientes que por su entorno no tiene compañero para ascender la montaña que desean y tienen que contratarte. Cuando llegan arriba se ponen a llorar. Para mí eso es muy grande. Ayudar a esas personas… Quizás es la actividad de su vida, su sueño, y yo les ayudo a cumplirlo. A veces me sabe mal hasta cobrarles. Me gusta este trabajo.

 

K: Directa Americana al Petit Dru en el día, vía Manitua a les Grandes Jorasses también en una sola jornada, vía Allain-Leninger al Petit Dru invernal, vía Tournier en la cara norte de las Droites en invierno, vía de los Suizos y Bonatti al Grand Capucin, Cima Grande Lavaredo… Kyrgyzstan, Patagonia, Nepal, Mongolia, Perú… Travesías de esquí por los Alpes. Da la impresión de que tu actividad es frenética. Iker Madoz me decía que si tuviera que destacar algo de ti es que eres incombustible. ¿De qué actividad te sientes más orgulloso? 

M: De todas, pero creo que me marcó mucho  el Cerro Torre con Bru y un chico de aquí de Vic, Nil El Mouhadab Carbonell. Fuimos allí con poca experiencia. Nadie daba un duro por nosotros. Tampoco íbamos con un objetivo claro y vimos que podíamos hacerlo. Fueron unas vivencias especiales. Era todo muy grande y nuevo para nosotros. Hice el último largo del hongo del Cerro Torre que estaba en muy malas condiciones. No es lo mismo hacer el Cerro Torre cuando han pasado 50 personas que cuando eres el primero. Me jugué el tipo. Pensé en  cumbre o muerte. Llevábamos un mes esperando el buen tiempo y habíamos ido a hacer esto. O salgo por arriba o… Esa actividad fue muy intensa.

K: Háblame de otra que te haya dicho que ha merecido la pena renunciar a todo para dedicarte en exclusiva a la montaña.

M: En Perú hace un año o dos. Fui con un amigo, David Crespo, al que ayudé a subir al Alpamayo. Era su sueño. Una vez allí, también escalé el Huantsán con Oriol. Bajamos y llegaron Roger e Iker para escalar  el Jirishanca. Todo fue rodado. Fue una de las expediciones en las que todo sale bien.

K: Me decía también Iker que algo fundamental para ti es alterar lo menos posible la roca cuando haces la actividad.

M: Sí, mi evolución en la escalada o el alpinismo va hacia la actividad con el mínimo material. Es el juego que intento hacer. Hay que ser consecuente con tus principios. Creo que hay que alterar lo mínimo posible el medio. Walter Bonatti dijo que con la expansión había muerto la aventura. Si en un sitio por donde es imposible pasar haces un agujero… Creo que tenía razón.

K: ¿Qué opinión te merece el ochomilismo?

M: Por ahí no van mis pasos. La altitud no es lo que me motiva. El Gasherbrum IV son 7.925. Una chica en el campo base me preguntó por qué íbamos a esa montaña que no hace 8.000. No me importa que haya un “8” delante. Quiero compartir experiencia con gente y ponerme a prueba a mí mismo. Si encuentro una actividad que me motive en un ochomil y alguien me la paga, pues adelante. El ochomilismo exige mucho dinero. No es mi intención coleccionar estas montañas.

 

K: ¿Y la actividad invernal en las grandes montañas?

M: Busco más la dificultad que la altitud. Quizás cuando tenga más edad y no pueda hacer tanta dificultad, me plantee subir montañas andando. Pero actualmente buscamos hacer actividades con más complicación. Al final es donde nos sentimos más realizados.

K: ¿Tienes en mente algo?

M: Escalar cada día [Risas]. Este año quería ir a Patagonia pero no sé si podré. En verano sí que iremos a Perú. No tenemos objetivo claro, pero Roger, Bru y yo iremos para allá.

K: ¿Te acompaña tu chica? Tiene que estar contenta.

M: Ella es un ángel. Paso mucho tiempo fuera entre trabajo, expediciones…

K: Se habrá arrepentido de haberte regalado aquel curso por tu cumpleaños.

M: Yo creo que sí. [Risas].

K: ¿Cómo es tu relación con Julbo?

M: Para mí siempre ha sido la marca de referencia de gafas de montaña. Es un honor que me patrocinen pues ya usaba este material antes.

K: ¡Las Vermont me gustan hasta para ir al chiringuito!

M: [Risas]. Son bonitas. Las ópticas Cameleon o las Zebra fotocromáticas me las pongo por la mañana, y aunque esté en una cara norte o dentro de una nube, se adaptan perfectamente.

K: Marc, acabas de empezar a colaborar con una marca de referencia como es Black Diamond. ¿Cómo esperas que sea tu relación con ellos? Supone un paso importante en esa apuesta que hiciste un día por dedicarte profesionalmente a la montaña, ¿no?

M: Estoy muy ilusionado con esta nueva etapa. Tanto Black Diamond como Julbo son marcas de referencia a nivel mundial. Para mi profesion y las actividades que realizo en mi tiempo libre, disponer del mejor material marca la diferencia. Agradezco mucho el el apoyo tanto de Black Diamond como de Camp Base y Esportiva Aksa.

K: Para terminar… ¿A quién admiras en este mundo?

M: A mis compañeros. A la gente humilde con ganas de vivir y de compartir, sin grandes aspiraciones y que necesitan poco. Es más rico quien menos necesita.

K: Marc, me ha gustado mucho hablar contigo.

M: No soy un gran orador. [Risas].

K: Especialmente me ha parecido muy interesante cuando hemos hablado del darse o no la vuelta en el momento en el que un compañero está en problemas. Me dice mucho de cómo entiendes la actividad en la montaña. Aprecio mucho tu sinceridad.

M: Te insisto en que respeto otras decisiones, pero la mía habría sido ésa. Al final me he buscado un entorno que comparte mi forma de entender la montaña.

 

 

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