El Himalaya Indio. Alpinismo en estado puro.

 

 

Texto y fotografía Alberto Urtasun | Nive Mendiak

 

Si pienso en los cambios que se han producido en la India desde la primera vez en la que me monté en un rickshaw a la última ocasión en la que despegué, el año pasado, del moderno aeropuerto de Delhi, me doy cuenta de que no es la misma. India ha cambiado mucho, pero su esencia la hace permanecer impregnada de misticismo, convivencia, sonrisas y desigualdades. Se trata de una realidad que nos cuesta comprender y convierte en torpes si tratamos de analizarla bajo el prisma occidental obviando la realidad de este subcontinente. India hay que verla desde dentro, estudiarla desde sus valores, sus creencias y su fe, creciendo como sociedad con un pie en occidente y otro en oriente, ni con los dos en un lugar, ni en el otro.

Y del Himalaya indio, ¿qué os voy a contar? Me enamoró a mediados de los años noventa con apenas 18 años, y hoy se ha convertido en una segunda casa donde montañas, escalada, amigos y familia forman un todo.

Alpinismo de primer nivel e himalayismo desconocido se dan la mano.

 

 

Por suerte, la gran cordillera del Himalaya en India no tiene ochomiles, y para los que no han escrudiñado un mapa con detenimiento, es importante recalcar que dos terceras partes del Himalaya se encuentran en India, empezando en la frontera con Myanmar y terminando con los azotes del indescriptible Karakórum en Pakistán. Enmedio, miles de kilómetros y montañas de 4.000, 5.000 y 6.000 metros, valles que van desde el verde monzónico al desierto en altura del Tíbet, y lenguas que pasan del hindi al tibetano o kashmiri o al sanscrito en una intersección multilingüistica apasionante.

Es un Himalaya en donde el aislamiento es absoluto y las marchas de aproximación son a veces una exploración más compleja que la propia escalada. En ocasiones, para el acceso a los valles de altura es necesaria una logística que cuide muchos detalles porque luego no hay nada. El vacío es absoluto y las comunicaciones con el exterior son inexistentes.

El Himalaya indio es muy diferente al Himalaya de Nepal. Apenas hay pueblos en altura, ni pasos naturales que comuniquen diferentes valles. Muchas veces, las comunicaciones quedan cortadas en lo más profundo del valle y las extensiones deshabitadas son de decenas de kilómetros cuadrados. Los teléfonos satélites están prohibidos en muchos lugares.

 

 

El alpinismo no sólo son cifras, sino también lo que le rodea. Cada vez nos centramos más en los números y altitudes, en el cuánto, y menos en el cómo, siendo éste, quizás, lo más importante. Hablo de exploración cuando no se sabe ni cómo llegar al campo base o si realmente existe una pared que has visto en una foto vieja de los años setenta. El cómo es aislarse del exterior, escalar en estilo alpino, subir lo que se pueda y si no bajarnos. Sin medias tintas. Escalar con el mismo material que utilizas en una norte en los Alpes o en Pirineos. Caminar sin meter ruido. No saber por dónde bajar ni tampoco dónde dormir. La belleza del alpinismo llevada a unas cumbres majestuosas. Aquí no hay crono, ni información ultra precisa, ni espectadores, ni helicópteros (en India no pueden volar helicópteros privados), ni cuerdas fijas, ni chapas. Sólo montaña desnuda que refleja nuestras imprecisiones, dudas y miedos. Sin altavoz al exterior. Sólo tú y una gran pared.

¿Y qué recuerdo? Cuando la memoria rebobina no sabes por qué aparecen instantes que nos son los mejores, ni los peores. En mi caso, aparecen Suni y sus juegos con la pelota en Padum, los espectaculares largos superiores de Ananda al Iris Castle, el momento de la cima del Peak 5.240 después de abrir Shkati y sus interminables 1.200 metros de escalada en dos días, los atardeceres en Tso Moriri, el hielo duro del Namai Kayrak, o los abrazos de los hijos de Boblu -uno de mis hermanos indios- cada año al volver a vernos.

 

 

 

 

Me gusta poner sobre la mesa el Himalaya indio. Creo que se lo merece, aunque permanezca a la sombra de montañas más altas e increíbles como las del Karakórum o el Himalaya nepalí. Aún estando entre las montañas más altas del planeta, su belleza busca visibilidad.

En el budismo hay un concepto interesante que es el de la realidad cambiante. Todo cambia, nada permanece. La impermanencia. Todo en nuestro mundo es cambiante, incluso las montañas, labradas durante millones de años. Nada se mantiene de manera permanente. Por eso, todos estos años parecen una realidad paralela, viviendo dos mundos, el de aquí y el de allá, y cambiante, que me ha transformado por dentro y por fuera.

Espero que estas líneas os abran el apetito por conocer aquí y allá, hacia dentro y hacia afuera, y os inciten a hacer un alpinismo más libre, con menos ataduras, más puro, con un estilo en el que no haya reglas, pero sí ética.

 

 

 

 

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