Anna Stöhr. La reinvención.

Texto: Kissthemountain

 

Los días pasan instalados en una normalidad que no valoramos como se merece por su falta de excepcionalidad. Cada mañana, alrededor de las 07:00, sales de la cama, te duchas y vistes con prisa, despiertas a tus hijos, los llevas al colegio, vas al trabajo donde transcurren varias horas, comes algo rápido, regresas a la oficina, antes de abandonarla echas un vistazo a las tareas planificadas para el día siguiente, conduces a casa, te pones las zapatillas y sales a correr durante algo más de una hora, regresas, vuelves a ducharte, juegas con tus hijos, preparas la cena, ves una película o una serie, te acuestas… Así, un día tras otro en los que no te planteas si eres o no feliz. Simplemente caminas por el sendero de la vida que, durante el fin de semana, te conduce a alguna cumbre que te arranca una sonrisa y te recarga de energía para seguir viviendo la infravalorada normalidad.

 

 

En el caso de Anna Stöhr, hasta 2018, su normalidad era el mundo de la escalada de competición de búlder a la que dedicaba su vida desde que empezó a escalar en los primeros años de este siglo. Su normalidad también era escuchar al speaker anunciar su nombre a lo que seguía la explosión de aplausos dirigida a quien era la gran dominadora durante muchos años. Basta decir que en 2013 ganó siete de las ocho pruebas de la copa del mundo en esta disciplina.

Y de repente un día todo se rompe. Llegan noticias de China. Un enemigo invisible, probablemente surgido en un mercado de animales vivos, o eso nos cuentan, comienza a contagiar a cientos de personas. Las autoridades ordenan el confinamiento de una ciudad de 11 millones de habitantes. Asistimos incrédulos a la construcción de un hospital en apenas 10 días mientras las televisiones de nuestros hogares occidentales fabricadas en el país origen de la epidemia nos muestran a una población que por las noches grita para animarse los unos a los otros. Las cifras de fallecidos en la gran fábrica del mundo aumentan vertiginosamente mientras los periódicos y las televisiones de diferentes países anuncian casos propios. Cae Corea. Irán. Italia.

 

 

Francia. Alemania. España. Estados Unidos. La epidemia con origen en China se convierte en pandemia mundial y muchos gobiernos imponen medidas similares a las que semanas antes mirábamos con ojos incrédulos cuando eran aplicadas en Wuhan. El mundo se confina. Abandonamos calles, parques y montañas para encerrarnos dentro de las paredes de nuestras casas. Ya no tienes que salir de la cama a las 07:00, ni ducharte y vestirte con prisas, ni despertar a tus hijos para llevarlos al colegio, ni ir a la oficina, ni conducir de regreso tras el fin de la jornada laboral, ni ponerte las zapatillas para tu actividad física diaria. Por supuesto, el fin de semana ya no puedes recargar energía en alguna cumbre. La normalidad, aquella que infravalorábamos, se ha roto. Como también se quebró la de Anna Stöhr, precisamente el año en el que tenía muchas opciones de coronarse como campeona del mundo en su casa, Innsbruck. En un entrenamiento, sufrió una caída que le supuso una lesión de espalda que, aunque en un primer momento ella probablemente no lo supiera, iba a poner final a una brillante carrera competitiva. 

 

 

Una semana, dos, tres… Las cifras de fallecidos y de contagios no paran de crecer. La curva se dispara hacia arriba. Cada pocos días se duplican unas cifras que nos gritan el dramatismo de la situación. Sólo nos queda consolarnos con las opiniones de los expertos y del sentido común que nos indican que aún es pronto para que las medidas hagan efecto. Cuarta semana, quinta… Las cifras alcanzan su pico y la curva parece aplanarse mientras surgen nuevas preocupaciones. Los economistas anuncian consecuencias desastrosas para los próximos meses o años. No nos queda otra opción que asumirlo. Ahora lo realmente importante es la salud. La propia y la de los nuestros. Por las noches, el miedo nos impide dormir. En el caso de Anna, no es el miedo lo que le impide dormir sino la preocupación por su carrera deportiva. Los expertos en los que busca una solución no son científicos y estadísticos, sino médicos. Pero el diagnóstico es devastador. Es muy difícil que Anna pueda volver a la competición, y en el caso de que fuera así, el camino sería demasiado largo. Sólo queda asumirlo. Una normalidad completamente truncada. Sueños rotos. Su vida, tal y como la concebía hasta ese momento, deberá cambiar.

 

 

Entonces todo parece mejorar. Cada día los periódicos y telediarios anuncian con optimismo un nuevo descenso en la cifra de contagiados, hospitalizados y caídos en esta guerra meses antes inimaginable. Se comienza a hablar de un término que a los amantes de lo vertical nos es familiar. La palabra desescalada está en las bocas de nuestras familias, amigos, conocidos, presentadores de informativos, científicos y políticos. Vemos luz al final del túnel. Pero existen muchas dudas. ¿Cómo será la vida en los próximos meses? ¿Por qué nos hablan de una “nueva normalidad”? El miedo a perder la salud es sustituido por otro sentimiento capaz de generar una gran ansiedad y preocupación. La incertidumbre se abre paso a empujones y es ahora la que nos roba el sueño una noche tras otra. Poco a poco, Anna Stöhr también debe abrirse paso. Comienza a realizar terapia y rehabilitación. Encuentra un gran apoyo en el yoga para aliviar sus problemas de espalda.

 

 

Algunos días de optimismo rotos por los mensajes que su cuerpo y los médicos le envían. Pero hay algo que está claro. Su organismo, paso a paso, comienza a mejorar. Es difícil saber hasta donde llegarán estos avances, pero la esperanza en que la lucha y la determinación acaben dando sus frutos es algo que está en el ADN de muchos deportistas, y más en el de Anna.

Hasta que decides que ha llegado el momento de avanzar, que no merece la pena sumirte en el pesimismo, que hay que asumir que probablemente ya nada sea igual pero que cuando se cierra una puerta se abre otra, que quizás sea un buen momento para luchar por aquel proyecto que hace un tiempo dibujaste en tu mente. Sí, es el tiempo de la reinvención y de decirte que los auténticos supervivientes no tienen por qué ser los más fuertes, sino aquellos capaces de adaptarse mejor al cambio. Entonces consigues conciliar el sueño. Y al día siguiente te despiertas a las 07.00, vuelves a ducharte y a vestirte con prisas, sigues sin ir a la oficina, pero no pasa nada porque simplemente te hace falta una libreta para trazar la estrategia necesaria para dar vida a ese proyecto.

 

 

Vuelves a sonreír mientras decides tomar las riendas de esa nueva normalidad. Y comienzas a prepararte para ella ahora que tienes una meta que encadenar. No será fácil. Pero ya sabes…, aquello que nos exige el mayor de nuestros esfuerzos es lo que realmente merece la pena. A Anna se le había cerrado una puerta, pero también decidió que quizás podría ser un buen momento para luchar por algún proyecto antes imaginado. En su recuerdo, el de hacía unos años cuando acompañaba a su pareja, Kilian, en sus proyectos en las vías Hotel Supramonte, en Cerdeña, y Delicatessen, en Córcega. Aquellas grandes paredes dejaron huella en ella y un “quizás más adelante”. Anna, como cualquiera de nosotros, estaba a punto de volver a tomar el control de su vida deportiva. La reinvención era su opción. Ya había elegido. Quería convertirse en una escaladora más versátil. Para ello, tendría que volver a entrenar duro en lo físico y, sobre todo, en lo mental para ser capaz de vencer esa resistencia que limitaba su capacidad en forma de vértigo.

 

 

Han pasado varios meses. Hoy te despiertas sabiendo que puede ser un gran día. Has realizado un gran trabajo. Toca enseñarlo al mundo. Es el momento de recoger el fruto. Es septiembre, el mes de los nuevos comienzos, Anna, acompañada de su pareja, se dirige a un pequeño pueblo de los Alpes Marítimos llamado Aiglun. Lleva varios meses trabajando cuerpo y mente y siente que ha llegado la hora. Ali Baba es una vía de ocho largos en cerca de 250 metros con una dificultad 8a+. Nada tiene que ver con los bloques cortos a los que estaba acostumbrada. Al final del octavo largo está el árbol de la reinvención cuya fruta, llamada “nueva normalidad”, había venido a buscar.

 

 

 

 

 

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